viernes, 13 de agosto de 2010


RENÉ

René abre la puerta de la humilde habitación una vez más, está todo bien, suspira. La vida le ha entregado tres hijos que duermen en ese instante sobre un colchón. La noche ha sido larga y fría, aún no se puede cocer el pan. De madrugada reparte a quién le quiera comprar, lleva una carreta la fruta de la vega, cebollas, zanahorias y el pan. Sobre la carreta a sus tres hijos vestidos de escolar.

LOS NIÑOS DEL PUENTE
Bajo el puente ocho niños de cabezas coloradas, encienden fuego, algunos están afilando sus cuchillos. La noche ya está y seguramente los otros que viven sobre sus cabezas también se prestan a afilar sus cuchillos, los otros de allá arriba, los de cabezas amarillas. Otro combate más, qué más da, si total ya asimilaron que uno de ellos a la amanecida morirá.

viernes, 6 de agosto de 2010


DESDE LA PANTALLA DEL TELEVISOR

En la sombra el murmullo de tu voz aguda, un estúpido pregunta si volverás alguna vez a radicarte definitivamente en este país. Rebuscas palabras una respuesta coherente, sencilla y no doliente. Sin embargo ahí estás balbuceando. La cámara en tanto se desliza por tu escote llegando a las curvas de tus piernas. Estoy en esta habitación pensando que la hipocresía es mucho más lastimera que esa voz tuya diciendo mentiras. En este agujero mío, pienso que lejos estás. Resonando ahí adentro del televisor, tratando de contestar una simple pregunta sin dejar de sonreír. En este agujero mío, alguna vez dijiste que yo te hago feliz. Alguna vez dijiste que el frío que se mete por esa ventana era sólo una brisa, que daba igual… y yo creí…

LA ESCOBILLA DE LA JUANA

Con las manos entumidas la Juana seguía con su escobilla, un sonido que recorría los pasajes de la población entera. Era la tarde de un día domingo. De pronto se oyeron dos disparos, nadie preguntó. La sangre iba corriendo por los pasillos de las casas, unas afirmadas en las otras y la sangre corría infestando sin lamentos hasta llegar a la avenida. La Juana con su escobilla a cabeza gacha pensaba que ya no quedaba nada para terminar la faena, que pronto le traerían más plata y que al voltear la cabeza, no se encontraría más con ese que la golpeaba, puesto que ya sabía que su sangre corría a sus espaldas.

EL PROFESOR Y LA ALUMNA

El profesor enseña a la alumna, en ese instante todo se paraliza, el sonido del piano inunda la sala, el profesor mudo habla con los dedos, ella escucha. El profesor tez de seda, tan delgado parece que se quiebra, lleva una diminuta barba y adentro de sus ojos mil estrellas. Viste un traje sencillo y los mismos zapatos que sufren el paso del tiempo en las suelas. El profesor y su maletín con muchas partituras. Afuera el viento estremece las ramas, las luces tintinean sobre el asfalto, los vehículos de prisa y las personas corriendo a sus casas. La alumna piensa, la ciudad congelada, reflejada a penas en las ventanas. El profesor y sus dedos, el profesor que no la mira. Ni se fija que su alumna está más alta, de tacos camuflados, el pelo rizado, la piel más blanca, los pechos casi salidos de su blusa almidonada. El profesor que ni se fija y ella que se disculpa cuando se equivoca, el profesor y su filosofía al piano. El profesor y la alumna ambos ni se fijan que viene la música y ellos viajan con ese sonido por un sendero secreto del alma.

jueves, 5 de agosto de 2010


SIN SALVACIÓN

Pudo haber sido hoy, pero fue ayer, cuando me puse este vestido de satín bordado con hilos de seda, traído de la India. Ahora yace sobre mi cuerpo mojado de lluvia, manchado de sangre. Los ventanales de este edificio empañados, no alcanzo a ver la ciudad. Un policía, otro más, una sargento y el diario con mi foto en grande, la pistola y los cigarrillos de José Manuel tirados en el asfalto, su cuerpo agujereado y sus bellos zapatos que también trajimos desde la India. ¿Qué dirán los Izaguirre? De seguro mirarán para otro lado, sin complacencia de mi desgracia ni de lo que siento, lo que pudo haber sido en otra parte pero fue en su casa. No permití que José Manuel me cambiara por otra, se lo dije muchas veces, hasta el cansancio, “estoy aburrido de tus celos”, gritó, “aburrido que me sigas, que rastrees mis llamadas, aburrido que inventes…” entonces subió al auto y yo le disparé. Habíamos salido de la casa de los Izaguirre luego de la cena en la que una chica con tremendo escote se acerba tanto a él. Todo esto pudo haber sido hoy, que ya no me afecta, que tengo más fría la cabeza y que ahora tengo ganas de fumar un cigarro apoyada al pecho de José Manuel. Rebusco en mi conciencia una tabla para mi naufragio ¿cómo me salvo?

LA NIÑA QUE COME BASURA

La niña que come basura está descalza mirando con los ojos bien abiertos en el umbral, sobre su cabeza el sol brillante le quema el cabello. Recuerda que hace un tiempo atrás, ella cocinaba neumáticos en su horno nuevo, otras, asaba una suela, una lata de sardina, sazonaba unas hojas de diario y las envolvía en cilandro. Ahora miraba de pie esta villa, en dónde la llevaron, todo limpio, nada qué hacer ¡no hay comida!