sábado, 15 de febrero de 2014

EL HIRLDO

(mi segunda novela, sin editar)

Recuerdo que echaba de menos mi batería, los fines de semana la golpeaba con ansias, como un malabarista daba vueltas las baquetas, fui admirado por tal truco.
La compré en una feria de Lovalledor una tarde junto a otros del grupo, quienes no se atrevían a gastar sus dineros. Yo sí, había trabajado duro durante el verano siendo temporero en la cosecha de guindas, duraznos, uvas y manzanas.
Instalé el instrumento en mi habitación, luego la saqué al patio ante los reclamos furtivos de mi viejo, quien amenazó con botarme a la basura esos tarros. Me sentí incomprendido y poco valorado, de esa manera se lo hice saber a mi vieja. Generosa, hizo un lugar en el cuarto donde guardaba las bicicletas, pronto se convirtió en taller de ensayo.
Entonces comenzaron los problemas. Y es que las casas de la Corvi Sur son casi trasparentes, las paredes no detienen los ecos y se puede escuchar hasta el más mínimo sonido del que vive al lado. Furioso, uno de nuestros vecinos, salía a la calle a insultarme, como nadie lo tomaba en cuenta, loco de rabia agarró el teléfono e hizo la denuncia. Por suerte ese proceder judicial salió favoreciéndome, puesto que pude tocar a cierta hora y ciertos días según el trato hecho en carabineros.

No sé cuando fue que olvidé mi batería, se quedó allá adentro del taller por años, mi viejo con gusto un día cualquiera la desarmó, total yo ya no estaba para alegar. Mi ausencia dejó la casa en silencio y una calma necesaria, volvió a arremeter mi viejo cuando discutimos al teléfono en esos tiempos cuando yo vagaba en otros países, codeándome con gente importante, aquellos que mueven las cuerdas de nosotros, los escritores.


El tipo sigue mirando el horizonte con un cigarrillo en la boca, apoyado a su vehículo. No he querido bajar del mío, me parece irónico que pueda tener un modelo de automóvil como éste, años atrás no soltaba mi bicicleta, era un as maniobrándola por los estrechos pasajes y por los caminos de tierra. Fueron los años más felices de mi vida, sin cuestionarme del porvenir, sin esforzarme demasiado. 

EL HIRLDO
(mi segunda novela... sin editar)

Estoy pasando por San Francisco de Mostazal, nos desvían, al parece un accidente, me apego a la fila interminable de vehículos que se adhieren al lento andar. Un oficial controla el tránsito, se ven las luces de sirenas, de ambulancias y los cascos inconfundibles de los bomberos. Todos se detienen, existe un profundo silencio de angustia al contemplar tan de cerca el paso de la muerte. “Pude haber sido yo”, se repite en cada mente de los que estamos tras el volante. Un tipo baja de su vehículo y enciende un cigarrillo, observa la hora desde un reloj pulsera y queda apoyado al capot, la larga fila detenida, ya son las diez de la noche.
Saco el celular y llamo a mi vieja, le explico que llegaré más tarde de lo que había pensado, ella exclama desde el otro lado con euforia: “¡Cuídese mijito!” La recuerdo pidiéndole a un vecino, cuando éste salía en su camioneta los lunes por la mañana y yo debía tomar con urgencia un bus hacia Santiago para llegar a tiempo a clases en la universidad – “Oiga ¿me puede llevar al niño a la carretera?” – yo escondía la cabeza en el pecho: - “mamá no me diga niño” –
Fueron duros esos días de la universidad, todo escaso: el dinero, la comida, los amigos, la locomoción, las parejas…
Arrendaron para mí una pieza pequeña ubicada detrás del patio de una casa chica y humilde, de madera y piso de ladrillo. Se podían escuchar los gritos y ruidos que emitían los vecinos. Por la noche llegaban sus habitantes; la dueña, el marido, dos hijos y un sobrino de pocos años. La mujer casi no pronunciaba palabras conmigo, tampoco la familia, no pretendía involucrarme en sus vidas, por lo tanto, yo hice lo mismo. Me apodaron “El inquilino”, no tuve otro nombre, ni quisieron saberlo, sólo era un salvavidas cada fin de mes.

Santiago siempre fascinante, todo lo que pretendía estaba ahí, al alcance de la mano. Mis compañeros citadinos de nacimiento, mostraron con agrado todos sus rincones, pude vivenciar con entusiasmo, luego con desgano y más tarde con desprecio, bebiéndome aquel mundo capitalino, un mundo distinto y poco ético para un provinciano como yo.
EL COMIENZO Y EL FINAL

(de mi segunda novela aún no editada: "El Hirldo")

Siempre pensé que mi país ante los ojos del mundo era sólo una región aislada, poco culta, casi indómita y salvaje. En cambio al salir de sus fronteras me he dado cuenta lo mucho que saben de nuestra cultura, paisajes y administración cívica. Nos celebran como héroes, mártires de un hombre y su batallón de soldados que ejercieron brutales castigos para quienes consideraban sus enemigos.
Entonces aprendí a valorar insignificancias de mi patria; el vocabulario que utilizan los diferentes personajes callejeros, el smog de Santiago, las calles mal pavimentadas, los programas televisivos y toda esa farándula criolla que a veces sentencié con sólo apagar la tele. El olor de mi pueblo, ese olor que recibe al visitante abrazando sin que lo noten a todo lo ancho y largo; los árboles floridos avanzando en una marcha de aromos y ciruelos moviéndose discretamente con el viento. Su gente, la que me saluda, la que me pregunta cómo estoy, el abrazo sincero de mis compinches y las voces inigualables de los niños al salir de clases.

He cumplido mi sueño, no sé si he llegado a la cima o no. Mi carrera en ciencias políticas pudo haberme catapultado en una sólida condición social y económica, sin embargo necesitaba otra cosa y lo escribí, fue como nació mi primera novela, luego vino otra y otra, el éxito y la fama no se hicieron esperar y no me negué a recibirlos, muy por el contrario me dejé llevar por aquello con la indulgencia del aprendiz. Cometí muchos errores, errores que comete el hombre maduro, estúpido e insensato, del que piensa como alguien mencionó por ahí: “los escritores jóvenes creen que el mundo pasa por su ombligo”, admito, yo lo creí así, me equivoqué y lo pagué caro.

Hice y deshice varios amores, no podía dar nada, para ellas fue agotador, las convivencias se tornaban pesadas, sufribles… En cada pieza de hotel batallaba con mi soledad, quise no vivirla, pagaba buenas tajadas de dinero a alguna chica suplicando que se quedara conmigo. Después de verlas desnudas enfurecía y las golpeaba. Muchas no dudaron en denunciarme, tuve problemas con la policía de otros países y mi fotografía circuló en las portadas de los diarios como si fuera un delincuente.

Bebí tanto alcohol y de tantas marcas que ya no me sabe a nada, no recompensan mi sed.
En una reunión de amigos casi mato a un tipo porque lo pillé mirando con demasiada imprudencia a mi chica. Le di al tipo un tremendo empujón, lo hizo tambalear, se echó a reír sin asunto, enfurecí aún más, entonces le di un puñetazo en la mandíbula derecha, luego en la izquierda, en el ojo derecho, en el ojo izquierdo, en el estómago… yo era más fuerte, mi cuerpo se hinchaba, mis músculos afloraban engrandeciéndome, no podía respirar, todo era un barullo adentro de mi cabeza, la rabia no se detenía, no quería detenerla, iba a liquidarlo, ese era mi propósito. Afirmaron mis brazos, luchaba para zafarme, tenía ganas de matarlo, de golpearlo hasta sacar toda aquella tremenda ira.
Salí de allí tomando a bocanadas el aire y caminé sin dirección. Tropecé con gente distinta, dormí tirado en el banco de una plaza desconocida y desperté sin mis zapatos, subí a un taxi e invité al chofer a beber unos tragos en un bar de mala muerte. Nos involucramos en una riña, luego ¡todos presos! Mi representante pagó la fianza, ropa nueva y unos buenos zapatos.

Desde entonces he estado luchando por recuperar la identidad. Ha sido difícil porque tengo dentro de mí un sinfín de reparos por soltar mis desvaríos. A veces rompo las cadenas y escapo dando gritos en la calle, pateando los basureros, los postes, los letreros luminosos, insulto a quienes encuentro en mi trayecto por la carretera, no pago las cuentas y destruyo mis hojas.
Algunos pretenden ayudar al ser testigos de estos actos tan míos, tan desafortunados, pretenden salvarme de algo sin lograr adivinar de qué. Porque existe cierto desorden en mí, que no me deja discernir. Cuando lo pienso vuelvo a entrar en calma y vuelvo a esposarme para ser útil, viable, dúctil y coherente.
Es por eso que estoy sentado al volante de este automóvil rodando por la carretera hacia mi pueblo: Graneros.

FECHORÍA


La Nancy y yo salimos del campamento con dirección a los restaurantes por si nos compraban calendarios de bolsillo y parche curita. Por suerte no hacía mucho frío, como otras veces. Mi madre antes cantaba en un local nocturno, pero se embarazó nuevamente y la despidieron. Desde aquel entonces, ya casi ni lava su cara, tampoco cepilla el pelo, usa una ropa percudía, fuma no sé cuántas cajetillas al día, se los consigue con los vecinos o compra de a uno. También ha bajado considerablemente de peso. Está más irritada que antes, perdió su sonrisa, me pregunto cuándo y dónde. Mi padrastro borracho tendido en el camastro ni sabe cómo llega el pan a la mesa. A mis ocho años ya sé el modo de conseguirlo.
Como dije, salimos con la Nancy a vender nuestra humilde y poca mercancía por los restaurantes de Rancagua. La Nancy es más alta y flaca que yo, usa vestido con tirantes y sandalias blancas, el pelo liso y nariz respingada. En cambio yo, morena, baja, melena y ojos negros, visto polera, pantalón y zapatillas, así cada vez que lo requiere la urgencia, salgo corriendo sin que nadie pueda alcanzarme.

Sucedió esa tarde mientras caminábamos por la alameda, un vehículo se detuvo cerca de nosotras, el chofer con cigarrillo en mano le preguntó a la Nancy qué edad tenía, luego se quedó mirando algo en el vidrio del auto y sacó de su bolsillo un fajo de billetes rojos. Le propuso a la Nancy que si subía al auto, él le regalaría todos esos billetes. La Nancy abrió tamaños ojos, se volvió hacia mí, que en ese momento sostenía el bolso con la mercancía. La Nancy le dijo que subía siempre y cuando yo iba con ellos. El tipo me observó de pies a cabeza y magulló  algo entre dientes. Al rato hizo una seña para que  subiéramos al auto rápido. Abrió la puerta delantera a la Nancy, yo tuve que sentarme atrás. El tipo condujo por varios pasajes de Rancagua sin atisbar estacionar, como calculando despacio su plan. A mí me saltaba el corazón, llevaba la sangre helada, con los dientes apretados, atenta a los movimientos de él. Así fue que de pronto nos vimos metidas en una población, casi en las afueras de la ciudad. Estacionó el auto y bajó de improviso, sacó unas llaves y abrió un portón de latas. Ordenó bajarnos, obedecimos al instante. Entramos a una casa, no se oía nadie, sólo el ruido de algunos vehículos que circulaban por la carretera colindante. El tipo tomó de la mano a la Nancy, me dijo que esperara sentada en uno de los sillones. La Nancy le replicó sin alterarse, que ella aceptaba ir con él, pero que yo debía acompañarlos, el hombre me miró furioso, así y todo aceptó. Nos llevó a ambas a una habitación matrimonial que se anclaba en el segundo piso de la casa. Entonces el tipo pidió a la Nancy que se sacara el vestido. La Nancy muy calmada le respondió que él primero porque a ella le daba frío. La miró con enojo y volvió a magullar entre dientes. Se sacó toda la ropa y la tiró al respaldo de una silla. Fue cuando la Nancy me gritó, con apuro yo agarré los pantalones del tipo y salí corriendo escala abajo, la Nancy detrás de mí, el hombre confuso insultándonos, casi desnudo tratando de atrapar a la Nancy quien reía a carcajadas. No sé cómo salté el portón de latas, no sé cómo lo saltó la Nancy con su vestido de tirantes y sandalias blancas, sin un rasguño. Corrimos, corrimos y corrimos. En el asiento trasero de un taxi que nos condujo al campamento, dejamos tirado el pantalón del tipo, por cierto, sin su billetera y su fajo de billetes rojos.

(del libro "Antología de Mujeres del Valle del Cachapoal, Ivonne Díaz)
http://www.youtube.com/watch?v=-p8ZSbYK9tQ
LA PLAYA
 
 
Ese domingo el ambiente tenía algo enrarecido, supuse, la agitación de mi abuela y el silencio que experimenté de mi abuelo mirando el televisor, alertó mis sentidos.
-          Oye negro, por ahí anduvo el Castellano, quiere decirte algo – desde el sillón habló mi abuelo fumando tabaco, antes que yo pudiese echar un vistazo a la mesa en la que yacía una taza de leche humeante.
-          No tengo na´que hablar con ese yo …
-          Escuche lo que tiene qué decirle, después ve que hace, más que mal, el Castellano es su padre.
     El Castellano, un hombre que había visto de vez en cuando, a veces en el pueblo, se metía las manos al bolsillo extendiendo un billete, nunca quise hablarle, el tipo insistía, llegué a odiarlo.
     Se asomaba a la puerta de calle, mirándome a través de  las tablas, mi abuela siempre tuvo lista la escoba para darle en la espalda si osaba entrar al living. Le llamaban el Castellano por su fluidez y parsimonia al hablar, usando la “s” en casi todas las palabras. El cabello parecido al mío, un tanto arremolinado, moreno, ojos negros y sólo una raya vertical de labios, que al reír dibujaba dos hoyuelos profundos, además le cruzaba desde el ojo izquierdo al pómulo, una cicatriz. Su nombre llegó a ser vetado por muchos años, sin embargo él nunca dejó que lo olvidáramos, lo vi apegado, como dije, a las tablas de la puerta de calle,  afirmado a las graderías en un partido de fútbol, parado afuera del colegio cuando salía de clases. Tampoco se acercó  así de resuelto a abrazarme, sólo atinaba a extender un billete o echar unas monedas a uno de los compartimentos de mi mochila. Su olor a cigarrillos lo detesté hasta las nauseas.
 
 
-          Por ahí habló con su agüela , ya sabe cómo es ella, no quería hacerlo pasar… - siguió diciendo mi abuelo
-          Yo tampoco tengo na’ que hablar con él – dije esto último echándome un buen trago de leche al guergüero y perderme en la pantalla del televisor.
     Tal como es de suponer el Castellano insistió, parado en la puerta de calle, podía olerlo, ese perfume debió ser la causa de que mi madre se fuera con él y volviera preñada. “Con esa barriga de tantos meses ¿qué iba hacer?”, sollozaba mi abuela cada vez que contaba la desgracia de su hija, quien se jodió la vida con tan sólo dieciocho años al elegir un mal hombre. Después de haber sabido del embarazo, la abandonó en casa de mis abuelos y no regresó nunca más a buscarla. Mi abuela contaba esto con rabia en los ojos, dejando clarito que no debía olvidarlo, no he podido olvidarlo por eso odiaba tanto al Castellano.
     De todos modos obedecí a mi abuelo y salí a la puerta de calle para escucharlo y saber de una vez por todas qué necesitaba hablar conmigo, suponiendo inventaba leseras con tal de verme.
     Esa tarde el Castellano lucía diferente, hablaba más pausado fumando una colilla de cigarro, una camisa perfectamente planchada, bestón que parecía recién sacado del ropero, pantalones oscuros y zapatos lustrados.
 
-          ¿Qué dice mijo?
-         
-          Mire, yo pasaba por aquí porque le traigo una invitación
     Hizo una raya en la tierra con sus lustrados zapatos, aspiró otro tanto de lo que quedaba del cigarrillo.
-          Mire mijo – tosió, sacó un pañuelo y respiró – he estado un poco malito, el doctor me hizo unos exámenes, salieron todos malos …
-          ¿Y qué tengo que ver yo con eso? – dije a secas. El Castellano me miró desconcertado, un brillo de inseguridad continuó flotando en sus ojos.
-          Dice el doctor que me queda poca vida.
     Quedamos en silencio. Tenía ganas de volver a entrar a la casa, pegarme al televisor y pellizcar la tortilla de rescoldo asomada al mantel, derretir la mantequilla o untarla con ese “chancho en piedra” que había hecho mi abuelo el día anterior. Olvidar esto, olvidar si sucedió o no. Detestaba mirarlo a los ojos, detestaba parecerme a él…
-          ¿Y qué quiere que haga yo? – agregué mirando para otro lado
-          Acompañarme, eso quiero
     Qué ganas de decirle que no interrumpiera más mi vida, para poder seguir con lo mío; jugar en la cancha, meter goles en el arco contrario, correr por el campo, bañarme en barro en las acequias de los Mena, andar en bicicleta, arrear los terneros, sin pensar en esto, sin tener que pensar en la muerte, ni en los estúpidos sentimientos que unen a las personas, las personas que se creen con derecho venir a reclamar una mano de vuelta, esa mano que yo nunca necesité. Tuve el impulso de echarlo a patadas o dejarlo parado ahí hablando solo. En eso, mi abuelo gritó desde la puerta:
-          ¡Manuel, dile al Castellano que puede entrar!
     Era la primera vez que se le nombraba a viva voz. Entramos a la casa. El Castellano encogió de hombros, sentándose en un sillón de mimbre que mi abuelo le indicó con cierta amabilidad que no entendí. Mi abuela callada, con el ceño fruncido, al igual que yo, hacíamos de espectadores.
-          Bien muchacho, entonces es verdad eso que dicen – agregó mi abuelo rascándose la cabeza.
-          Así es, puede que me queden dos meses, o quizás sólo unas cuantas semanas. La enfermedad avanza rápido – suspiró.
-          ¿Y qué quiere entonces? – volvió a decir mi abuelo mientras le extendía un tazón de té.
-          Tengo una platita ahorrada esa vez cuando trabajé en El Molino, por eso quiero llevar a Manuel a conocer el mar.
     Abrí tamaños ojos, el corazón pareció salirse de mi boca. Un maldito demonio brincó de regocijo en el pecho dando brutales zancadas.
-          ¿Qué dice Manuel, le gustaría conocer el mar?
     Igual que la mayoría de la gente de estas tierras, no conocía el mar. Mi abuelo, un referente de lo que digo, siempre preocupado de la siembra, la cosecha, no le gusta viajar, a lo sumo va al pueblo un tanto complicado, eso de tomar micro y transportarse en taxi le altera el humor. Pero yo siempre quise conocer el mar, recuerdo que le pedí a mi madre que fuéramos, ella arregló un viaje al litoral, nunca se concretó, mi abuela furiosa le pidió que no volviera a ilusionarme con una fantasía  como ésa; la de llevarme a conocer el mar. Entonces este hombre, ¿qué pretendía?, ¿Qué lo abrazara del gusto? ¿O le agradeciera de rodillas?
 
-          Es un favor que le pido, ya sé que no he sido un buen padre como también yo hubiese querido ¿no?, usted me entiende ¿verdad? – le hablaba a mi abuelo quien hasta ese minuto le contemplaba impávido sin aspirar su tabaco.
-          Sé que no se puede remediar el error, al menos este es mi último deseo – y fijó los ojos en mi abuela, quien tenía el rostro comprimido, de seguro se estaba mordiendo la lengua, de todos modos igual soltó:
-          Yo crié solita este chiquillo, ahora no sirven na’ los arrepentimientos pamorir en paz, necesitai ma que eso de llevarlo a conocer el mar, vo sabí como jue la cosa, vo sabí que te tengo aquí – puso el dedo en su ojo con la boca taimada amenazando con lanzar insultos o darle con la escoba, pasó la mano por el chal con que se arrebozaba a punto de llorar pero no lloró  - el Manuel sabe si quiere ir con vo o no, lo único que te pido es que lo cuidí no ma.
-          Sí señora, ya sé que he cometido muchas faltas, no se preocupe, le prometo que cuidaré de Manuel.
-          Además – habló mi abuelo – este chiquillo es de campo…le gusta la tierra, está hecho pa trabajar la tierra – mi abuelo se ponía rojo, sudaba, llenando de saliva la boca, atropellándose con las palabras.
     El castellano sentado en el sillón parecía una laucha mojada, la piel un tanto amarilla, los ojos hundidos, señal de que el alma de a poco se le iba. Con esos signos de hombre débil, qué ganas tendría de hacer daño a otro, pensé.
-          ¿Y pa´ cuando iríamos?
El Castellano titubeó, una luz se encendió en sus ojos.
-          Si quiere mijo, el próximo martes…
-          ¿Y a qué playa vamos?
-          A Pichilemu
 
(del libro "El Chimpilo" Ivonne Díaz)

viernes, 14 de febrero de 2014

EL AFUERINO

Llegué a la hacienda bien de mañana, todo verde, frondoso. La casona de don Echeñique tenía olor a leña, a sumagao, a tortilla de rescoldo, a bosta de caballo, a perra paría, a pelo de gato, a sudor a hombre de campo.

-          Tai güeno pa la trilla, anda con el Rucio pa’ que te enseñe, dile a la Filo que te de alojamiento yo le pago, dile eso no ma’, ya te juiste mojón por ´lagua –terminó bromeando don Echeñique luego de leer la carta, doblarla y echarla a la cartera de su camisa. Nunca pregunté qué decía esa carta, ni quise abrirla para averiguarlo, entregado totalmente a esas palabras escritas, en donde se resolvía mi suerte.
     Me fui donde el Rucio y más tarde donde la Filo, una mujer robusta, muy robusta,  alegre, su casa de madera roída, sin piso y paredes de cholguán, huele a vino, a cerveza y a porotos con riendas – Tan pituco usted, mire que venir pa’ ca – dijo ella examinándome de pies a cabeza.

     No serví para la trilla, tuve que manejar el tractor, cambiar mi sombrero por una chupalla de paja, andando de un lado a otro, de pronto creí estaba varado entre los espejismos de Dostoievski.
     Con el Rucio llegamos a entendernos bastante bien, no sólo le puse el hombro a la cosecha, también la espalda, cargando sacos de papas, maíz, trigo y tabaco. El polvillo condenado se metía hasta por debajo de los calzoncillos. Estuve además cortando cañas, las hileras desfallecían bajo el sol, que apenas las contemplaba, un paisaje en sepia. Al volver la vista hacia atrás las cañas se mostraban mutiladas, como si una gran batalla hubiese ocurrido. No sé por qué no me daba lo mismo, pensé en una gran metáfora con cuellos rebanados, brazos colgando, sangre regada, revólveres disparando.

 Con el Rucio aprendí las mañas de la cosecha, el raleo, la cocía de sacos, la desoja del maíz y desgranarlo bajo los firmes pilares del corredor de su casa. Estuvo relatándome increíbles historias de ánimas que subían al cerro, de perros negros, curas sin cabezas, tesoros escondidos por los jesuitas, los misterios del bien y del mal. Ellos convivían con esos fantasmas sin que se mearan en los pantalones.
Las noches en casa del Rucio pasaban lentas, sin descuidar el fuego, con el sabor ligero de un vino tinto en la boca, a sus hijas les causé gratas impresiones, ellas me miraban con curiosidad...Se turnaban para saber de mí, una traía el mate, la otra un vaso de vino y la menor una cajetilla de cigarros – Ya pu’ joven cuéntenos otra vez, cómo es la capital – entonces yo entornaba los ojos y me ponía a relatar las últimas funciones teatrales, las revistas de moda, los clubes nocturnos, las discoteques de gente bella a las que nunca fui. De los bares clandestinos en donde llegan los poetas y soñadores como yo. De la universidad, del costo de vivir para alcanzar un título, rectifiqué. Ellas me miraron con admiración.
     Solían visitarme de a una a la pieza de inquilino en la casa de la Filo, con la excusa de leer mis libros. Nunca les mostré ni uno, nos sentábamos a la orilla de la cama, encendía una vela y con la tenue luz les revelaba de a poco mi secreto. Ellas quedaban con los labios abiertos, buscando quizás una respuesta a eso que no entendían y que nunca vivieron ni siquiera supieron que existía. Un forajido, un caudillo o un rufián, daba lo mismo, aún así no lo entendían. Pensando en mi desolada alma viajera, queriendo consolarme de algo que no sabían qué era, descubrían sus hombros para que yo arrastrara mis labios por ellos. Tenían olor a hierba, esa que crece bajo las matas de tabaco, el cuerpo de ellas nobles, robustos, pechos firmes, muslos gruesos, suaves y ardientes. Perdido en sus cabellos, matorrales del paraíso, les dije. Mojando sus labios con mi lengua tan acostumbrada a maldecir. Apegado a sus pechos, recorriendo recovecos, mordiendo sus lóbulos, penetrando en sus sexos, mojado de éxtasis, nada más cerca del edén que respirar en sus ombligos y entre sus piernas.

Me vieran mis compañeros del partido y la universidad; la barba a medio filo, el pelo casi alcanzando mis hombros, la piel bronceada, llevando en el cuerpo este olor a  bosta de caballo, de guata en las aguas del tranque, totalmente pilucho, perdido entre las piernas y los cabellos de fuego de las hijas del Rucio, durmiendo siesta bajo las hojas de tabaco, asistiendo a un parto de potrillo y al de una vaca preñada. Cargando sacos de papas, porotos y fardos de paja en el camión de don Echeñique, sudando como condenado. Ayudando a las señoras hacer dulce de membrillo, de castañas, arrollado de huaso, con los brazos hasta aquí de sangre haciendo prietas para el almuerzo. Maldiciendo las heladas, las lluvias bestiales, las sequías…

(del libro El Chimpilo, Ivonne Díaz)

 

jueves, 13 de febrero de 2014

…ESOS DÍAS DE VERANO

…Esos días de verano
Mi polera a rayas
Los jeans desteñidos
La basta deshilachada
Y flores en el pelo
Mirando las estrellas
Tendida por horas
Acostada en la hierba
Mis primos llegando
De todas partes
Yendo a una fiesta
A escondidas de mi padre
El primer beso que no me gustó
El primer cigarrillo que sí me gustó
Las peleas insostenibles con mis hermanas
Un tango mal bailado en los brazos de mi padre
Un tema de Julio Iglesias en la voz de mi madre

…Esos días de verano

Caminando descalza
Por las acequias llena de barro
En los domingos
Con un vestido rosa
Y sin un zapato
Arriba del tejado
Sacando ciruelas maduras
Y en la tarde bajo las hortensias
Persiguiendo la luna
Por los caminos de la hacienda
Cortando flores
Mis hermanos con una honda
Matando lagartos
Buscando sapos en los esteros
Cosechando uva bajo los parrones
                    …Esos días de verano

En la estación a las seis
Esperando el tren
Que nos llevará
 A todos a conocer el mar
Pichilemu lejos, lejos
Todos gritando al llegar
Dos habitaciones para ocho
Una residencial estrecha
Nada importa con tal
De estar cerca del mar
Unos se enojan
Otros maldicen
Yo me emociono
Lo escribo sentada
Sobre una cama sin colchón
Pichilemu que grandioso
De noche es mucho mejor
Tres días no son suficientes
Mi padre dice “hay que volver”
La estación fría llueve
En el tren todos duermen

…Esos días de verano

El tío Pizarro y sus bigotes de brocha gorda
    Hacían cosquillas me escondía bajo la mesa
 El tío Pizarro con cara de gitano
             Piel bronceada y dientes grandes
Riéndose con los chistes de mi padre

…esos días de verano

Allá afuera llueve a cántaros
El agua amenaza los cercos
Las flores mutiladas con el viento
Desde mi ventana, todo oscuro
Las nubes cierran el firmamento
Entre las rodillas un libro
Pienso que lejos están
Esos días de verano