EL HIRLDO
(mi segunda novela... sin editar)
Estoy
pasando por San Francisco de Mostazal, nos desvían, al parece un accidente, me
apego a la fila interminable de vehículos que se adhieren al lento andar. Un
oficial controla el tránsito, se ven las luces de sirenas, de ambulancias y los
cascos inconfundibles de los bomberos. Todos se detienen, existe un profundo
silencio de angustia al contemplar tan de cerca el paso de la muerte. “Pude
haber sido yo”, se repite en cada mente de los que estamos tras el volante. Un
tipo baja de su vehículo y enciende un cigarrillo, observa la hora desde un
reloj pulsera y queda apoyado al capot, la larga fila detenida, ya son las diez
de la noche.
Saco
el celular y llamo a mi vieja, le explico que llegaré más tarde de lo que había
pensado, ella exclama desde el otro lado con euforia: “¡Cuídese mijito!” La
recuerdo pidiéndole a un vecino, cuando éste salía en su camioneta los lunes
por la mañana y yo debía tomar con urgencia un bus hacia Santiago para llegar a
tiempo a clases en la universidad – “Oiga ¿me puede llevar al niño a la
carretera?” – yo escondía la cabeza en el pecho: - “mamá no me diga niño” –
Fueron
duros esos días de la universidad, todo escaso: el dinero, la comida, los amigos,
la locomoción, las parejas…
Arrendaron
para mí una pieza pequeña ubicada detrás del patio de una casa chica y humilde,
de madera y piso de ladrillo. Se podían escuchar los gritos y ruidos que
emitían los vecinos. Por la noche llegaban sus habitantes; la dueña, el marido,
dos hijos y un sobrino de pocos años. La mujer casi no pronunciaba palabras
conmigo, tampoco la familia, no pretendía involucrarme en sus vidas, por lo
tanto, yo hice lo mismo. Me apodaron “El inquilino”, no tuve otro nombre, ni
quisieron saberlo, sólo era un salvavidas cada fin de mes.
Santiago
siempre fascinante, todo lo que pretendía estaba ahí, al alcance de la mano.
Mis compañeros citadinos de nacimiento, mostraron con agrado todos sus
rincones, pude vivenciar con entusiasmo, luego con desgano y más tarde con
desprecio, bebiéndome aquel mundo capitalino, un mundo distinto y poco ético
para un provinciano como yo.
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