sábado, 15 de febrero de 2014

EL HIRLDO
(mi segunda novela... sin editar)

Estoy pasando por San Francisco de Mostazal, nos desvían, al parece un accidente, me apego a la fila interminable de vehículos que se adhieren al lento andar. Un oficial controla el tránsito, se ven las luces de sirenas, de ambulancias y los cascos inconfundibles de los bomberos. Todos se detienen, existe un profundo silencio de angustia al contemplar tan de cerca el paso de la muerte. “Pude haber sido yo”, se repite en cada mente de los que estamos tras el volante. Un tipo baja de su vehículo y enciende un cigarrillo, observa la hora desde un reloj pulsera y queda apoyado al capot, la larga fila detenida, ya son las diez de la noche.
Saco el celular y llamo a mi vieja, le explico que llegaré más tarde de lo que había pensado, ella exclama desde el otro lado con euforia: “¡Cuídese mijito!” La recuerdo pidiéndole a un vecino, cuando éste salía en su camioneta los lunes por la mañana y yo debía tomar con urgencia un bus hacia Santiago para llegar a tiempo a clases en la universidad – “Oiga ¿me puede llevar al niño a la carretera?” – yo escondía la cabeza en el pecho: - “mamá no me diga niño” –
Fueron duros esos días de la universidad, todo escaso: el dinero, la comida, los amigos, la locomoción, las parejas…
Arrendaron para mí una pieza pequeña ubicada detrás del patio de una casa chica y humilde, de madera y piso de ladrillo. Se podían escuchar los gritos y ruidos que emitían los vecinos. Por la noche llegaban sus habitantes; la dueña, el marido, dos hijos y un sobrino de pocos años. La mujer casi no pronunciaba palabras conmigo, tampoco la familia, no pretendía involucrarme en sus vidas, por lo tanto, yo hice lo mismo. Me apodaron “El inquilino”, no tuve otro nombre, ni quisieron saberlo, sólo era un salvavidas cada fin de mes.

Santiago siempre fascinante, todo lo que pretendía estaba ahí, al alcance de la mano. Mis compañeros citadinos de nacimiento, mostraron con agrado todos sus rincones, pude vivenciar con entusiasmo, luego con desgano y más tarde con desprecio, bebiéndome aquel mundo capitalino, un mundo distinto y poco ético para un provinciano como yo.

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