sábado, 15 de febrero de 2014

FECHORÍA


La Nancy y yo salimos del campamento con dirección a los restaurantes por si nos compraban calendarios de bolsillo y parche curita. Por suerte no hacía mucho frío, como otras veces. Mi madre antes cantaba en un local nocturno, pero se embarazó nuevamente y la despidieron. Desde aquel entonces, ya casi ni lava su cara, tampoco cepilla el pelo, usa una ropa percudía, fuma no sé cuántas cajetillas al día, se los consigue con los vecinos o compra de a uno. También ha bajado considerablemente de peso. Está más irritada que antes, perdió su sonrisa, me pregunto cuándo y dónde. Mi padrastro borracho tendido en el camastro ni sabe cómo llega el pan a la mesa. A mis ocho años ya sé el modo de conseguirlo.
Como dije, salimos con la Nancy a vender nuestra humilde y poca mercancía por los restaurantes de Rancagua. La Nancy es más alta y flaca que yo, usa vestido con tirantes y sandalias blancas, el pelo liso y nariz respingada. En cambio yo, morena, baja, melena y ojos negros, visto polera, pantalón y zapatillas, así cada vez que lo requiere la urgencia, salgo corriendo sin que nadie pueda alcanzarme.

Sucedió esa tarde mientras caminábamos por la alameda, un vehículo se detuvo cerca de nosotras, el chofer con cigarrillo en mano le preguntó a la Nancy qué edad tenía, luego se quedó mirando algo en el vidrio del auto y sacó de su bolsillo un fajo de billetes rojos. Le propuso a la Nancy que si subía al auto, él le regalaría todos esos billetes. La Nancy abrió tamaños ojos, se volvió hacia mí, que en ese momento sostenía el bolso con la mercancía. La Nancy le dijo que subía siempre y cuando yo iba con ellos. El tipo me observó de pies a cabeza y magulló  algo entre dientes. Al rato hizo una seña para que  subiéramos al auto rápido. Abrió la puerta delantera a la Nancy, yo tuve que sentarme atrás. El tipo condujo por varios pasajes de Rancagua sin atisbar estacionar, como calculando despacio su plan. A mí me saltaba el corazón, llevaba la sangre helada, con los dientes apretados, atenta a los movimientos de él. Así fue que de pronto nos vimos metidas en una población, casi en las afueras de la ciudad. Estacionó el auto y bajó de improviso, sacó unas llaves y abrió un portón de latas. Ordenó bajarnos, obedecimos al instante. Entramos a una casa, no se oía nadie, sólo el ruido de algunos vehículos que circulaban por la carretera colindante. El tipo tomó de la mano a la Nancy, me dijo que esperara sentada en uno de los sillones. La Nancy le replicó sin alterarse, que ella aceptaba ir con él, pero que yo debía acompañarlos, el hombre me miró furioso, así y todo aceptó. Nos llevó a ambas a una habitación matrimonial que se anclaba en el segundo piso de la casa. Entonces el tipo pidió a la Nancy que se sacara el vestido. La Nancy muy calmada le respondió que él primero porque a ella le daba frío. La miró con enojo y volvió a magullar entre dientes. Se sacó toda la ropa y la tiró al respaldo de una silla. Fue cuando la Nancy me gritó, con apuro yo agarré los pantalones del tipo y salí corriendo escala abajo, la Nancy detrás de mí, el hombre confuso insultándonos, casi desnudo tratando de atrapar a la Nancy quien reía a carcajadas. No sé cómo salté el portón de latas, no sé cómo lo saltó la Nancy con su vestido de tirantes y sandalias blancas, sin un rasguño. Corrimos, corrimos y corrimos. En el asiento trasero de un taxi que nos condujo al campamento, dejamos tirado el pantalón del tipo, por cierto, sin su billetera y su fajo de billetes rojos.

(del libro "Antología de Mujeres del Valle del Cachapoal, Ivonne Díaz)
http://www.youtube.com/watch?v=-p8ZSbYK9tQ

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